sábado 12/6/21
DEBATES CONTEMPORÁNEOS. 1

Credo ut intelligam

“Creer para entender”, es una propuesta de san Anselmo en su “Proslogion”, por oposición a “intellego ut credam”, “entiendo para creer”. Está escrito a mediados del siglo XI, la escolástica está iniciando la renovación de la fe a la luz del pensamiento, que encontrará en Tomás de Aquino su referencia y caudal más ilustre, teniendo como manantial del saber la filosofía grecolatina. A veces nos parece que el pensamiento religioso no cambia, pero entre la patrística antigua y la escolástica hay dos mundos, del pensamiento primitivo al medieval, cambian el conocimiento y la sociedad que lo produce, y otra manera de pensar el fenómeno religioso se abre paso.

foto biblia

Los siglos pasan. Pocos pensadores “religiosos” contemporáneos como René Girard. Sus libros “la violencia y lo sagrado” “el sacrificio” y “el chivo expiatorio” nos ilustran desde la mirada de la antropología y otras ciencias humanas sobre el fenómeno religioso, y especialmente el sentido del sacrificio de algunos como redención de todos. Guillaume de Machaut escribía en pleno siglo XIV su poema “El juicio del Rey de Navarra”, que merece ser mejor conocido. Comenta Girard sobre este texto “ciertamente la parte principal de la obra no es más que un largo poema de estilo cortés sobre un tema convencional. Pero el comienzo tiene algo que estremece. Es una serie confusa de acontecimientos catastróficos a los que Guillaume pretende haber asistido antes de que el terror acabara por encerrarle en su casa, para esperar en ella la muerte o el final de la indecible prueba. Algunos acontecimientos resultan completamente inverosímiles, otros solo lo son a medias. Y, sin embargo, del relato se desprende una impresión; algo real sucedió. Hay signos en el cielo. Llueven piedras y golpean a todos los vivientes. Ciudades enteras han sido destruidas por el rayo. En la que residía Guillaume muere gran cantidad de hombres. Algunas de estas muertes se deben a la maldad de los judíos y de sus cómplices entre los cristianos. ¿Qué hacían esas personas para ocasionar tan vastas pérdidas en la población local?  Envenenaban los ríos, las fuentes de abastecimiento de agua potable. La justicia celestial remedió estas tropelías mostrando sus autores a la población, que los mató a todos. Y sin embargo, las gentes no cesaron de morir, cada vez en mayor número hasta que cierto día de primavera Guillaume oyó música en la calle y unos hombres y mujeres que reían. Todo había terminado y podía volver a empezar la poesía cortés.” Buscar un culpable ha sido siempre una tarea de los dirigentes, y los ciudadanos, convertidos en populacho, también han estado prestos en identificar a  alguien o a un grupo en quien personificar el fracaso individual o la desgracia colectiva.

El chivo expiatorio

Girard encuentra en las fuentes de la historia y la literatura acontecimientos reales o ficticios que avalen sus propuestas. Dice “Edipo es expulsado do Tebas como responsable de una epidemia que se abate sobre la ciudad. La victima está de acuerdo con sus verdugos: la desgracia ha hecho irrupción porque Edipo ha matado a su padre y se ha casado con su madre”. El chivo expiatorio supone siempre el “delirio de la persecución”. Los verdugos creen en la culpabilidad dc las víctimas; por ejemplo, en el momento de la aparición de la peste en el siglo XIV, estaban convencidos dc que los judíos habían emponzoñado los ríos. La caza de brujas implica que tanto jueces como acusados crean en la eficacia de la brujería. Los Evangelios gravitan alrededor de la pasión, como todas las mitologías del mundo, pero la victima rechaza todas las ilusiones persecutorias, rehúsa el ciclo de la violencia y lo sagrado. El chivo expiatorio se convierte en el cordero de Dios. Así se destruye para siempre la credibilidad de la representación mitológica. A partir dc ahora, los perseguidores serán perseguidores avergonzados. El deseo mimético está en el origen de las conductas individuales, y la ilusión o el delirio persecutorio es el modo como las sociedades encuentran su cohesión después de los períodos de crisis.

El paradigma del siglo XX: racionalidad y fe

Era inevitable que el desarrollo de la filosofía y el pensamiento moderno, y la explosión de las ciencias humanas, el conocimiento científico, y la tecnología, influyeran en la manera de relacionar racionalidad y fe. En España no fue un fenómeno frecuente hasta que en la democracia constitucional Iglesia y Estado dieron fin a su interdependencia. Muchos prestigiosos teólogos han hecho oír su voz desde entonces. En estas páginas podrán los lectores encontrar una interesante entrevista al teólogo Andrés Torres Queiruga, realizada hace unos meses. El autor de “creados por amor” dice “la particularización del cristianismo, religión entre religiones, y la aparición de espiritualidades no religiosas, ateas, obliga al cristianismo a una actualización que no suponga la renuncia a las propias raíces. Solo así la santidad cristiana seguirá mostrando su fuerza humanizadora y su oferta de sentido y esperanza”, brillante como siempre, cada vez que su palabra se alza para dar luz entre las tinieblas, se escuchan tristes y altivas voces que claman, insensibles al tiempo que les tocó vivir: “herejía”¡. Siempre habrá quien no combata las ideas con ideas, sino con el estigma y la desautorización de la etiqueta.  

Pero entre las renovaciones que trajo el Concilio Vaticano II, sobresale el debate entre teólogos y filósofos, católicos entre sí o versus agnósticos y ateos; trajeron consigo una renovación del pensamiento religioso a la luz de la aparente dicotomía “racionalidad y fe.” En el pasado siglo XX en Francia un grupo de católicos ilustrados quiso llegar a fondo en este diálogo con la herencia decimonónica de la Ilustración, a veces en el sentido de cierto racionalismo de la fe que parecía diferir el sentido del misterio y de la trascendencia, como fue el caso del P. Pohier, fallecido hace más de una década, al asumir el psicoanálisis como principal herramienta para pensar la experiencia de fe.

Cuando yo digo Dios

El cardenal Franjo Seper presidía entonces la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe. Examinó su libro “Cuando yo digo Dios” y “se vio obligada” a declarar lo siguiente, “entre los errores más evidentes del libro en cuestión hay que destacar la negación de estas verdades: la intención de Cristo de atribuir un valor redentor y sacrificial a su pasión; la resurrección corporal de Cristo y su permanencia como sujeto real después de terminar su existencia histórica; la vida después de la muerte, la resurrección, la vida eterna con Dios como vocación del hombre; la existencia en la Sagrada Escritura de una verdadera doctrina que tiene sentido objetivo y que la fe puede percibir en ella, y el Magisterio de la Iglesia puede determinar auténticamente con el auxilio del Espíritu Santo”. No quedaba aquí el dictamen, a los errores ya señalados “se añaden y se mezclan otras muchas proposiciones peligrosas, puesto que son tan ambiguas y de tal naturaleza, que pueden suscitar en el ánimo de los fieles incertidumbre sobre artículos fundamentales de la fe católica, como son: el concepto cristiano del Dios trascendente; la presencia real de Cristo en la Eucaristía como la propuso el Concilio de Trento, y recientemente Pablo VI en la encíclica “Mysterium Fidei”, la función específica del sacerdote en la actualización de esta presencia real; el ejercicio de la infalibilidad en la Iglesia. Por lo que respecta a la divinidad de Cristo, el autor se expresa de modo tan insólito, que no se puede determinar si todavía profesa tal verdad en el sentido católico tradicional”.

Corría el año 1979, el Padre Pohier era un sacerdote dominico, profesor de teología dogmática y moral, decano de la Facultad de Teología que los dominicos tienen cerca de París, miembro del Comité de Redacción de la revista “Concilium”; introducido en las insondables profundidades de la mente, con el psicoanálisis afloraron sus contradicciones entre razón y fe. La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe dictaminó, años después el cardenal Ratzinger sustituyó a Seper, y no solo no rehuyó el debate sino que sostuvo bellísimos encuentros intelectuales con otros miembros de la comunidad cristiana. Los caminos para el encuentro de Dios y el hombre son impredecibles.  

 

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