jueves 04.06.2020
COMPROMISO DESDE LA FE

La Iglesia, la luz de la esperanza en una misión compartida

La Iglesia, la luz de la esperanza en una misión compartida

La Comisión Episcopal de Apostolado Seglar ha convocado a los obispos, sacerdotes, religiosos y el santo Pueblo de Dios a "ser luz de esperanza en medio de nuestra sociedad, que ha sido duramente golpeada por el coronavirus", apostando por "una cultura del acompañamiento, fomentando la formación de los fieles laicos y haciéndonos presentes en la vida pública para compartir nuestra esperanza y ofrecer nuestra fe".  Este compromiso de la Iglesia a ser luz de esperanza, y en la que todos, religiosos y laicos, debemos de comprometernos es una misión compartida.

Recordamos el artículo Audacia y profetismo: el marco de referencia para la Misión Compartida, del sociólogo y director de la Fundación Chávarri por el Bien Común, David López Royo, publicado en la revista Vida Nueva, y que da luz al significado profundo de esta Misión Compartida a la que estamos llamados en estos tiempos trágicos.

La Misión Compartida desde la vida religiosa y los laicos supone un reto para el desarrollo de la propia misión de la Iglesia. Se puede afirmar que es un reto misionero. El decreto Ad gentes divinitus, del Concilio Vaticano II, es, sin dudarlo, un referente teórico para dar luz al camino entre religiosos y laicos a la hora de desarrollar el compromiso de compartir.

Ser audaces es situarnos en la perspectiva de que la misión de la Iglesia se cumple por la operación con la que, obediente al mandato de Cristo, y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presene en acto pleno a todos los hombres o pueblos para llevarlos, con el ejemplo de su vida y la predicación, con los sacramentos y los demás medios de gracia, a la fe, la libertad y la paz de Cristo, de suerte que se les descubra el camino, libre y seguro, para participar plenamente en el misterio de Cristo.

La audacia es un camino que hay que recorrer conjuntamente, religiosos y laicos. No puede tratarse de manera exclusiva de un objetivo para la vida religiosa. Cuando nos adentramos en la búsqued de la innovación y del compromiso para hacer presente la misión que nos legó Jesús de Nazaret es preciso ser audaces. Por tanto, no es posible hacerlo desde la exclusividad de la vida religiosa y desde la pasividad de los laicos.

Desgraciadamente, exclusión y pasividad son dos términos que han primado entre unos y otros. Nos hemos olvidado que todos somos bautizados y, como tales, no podemos obviar ni delegar nuestra responsabilidad de hacer presente el Reino de Dios. Aceptar el reto de la Misión Compartida supone alejar a la vida religiosa de la tentanción de que, por la falta de vocaciones, hay que dar paso a los laicos; al mismo tiempo que los laicos deben abandonar la idea de que son sustitutos de los religiosos. El reto, por ende, es doble.

Para avanzar en la Misión Compartida, además de ser audaces, hay que ser profetas. El profeta está llamado a anunciar con valentía que Dios está presente. Esto conlleva un compromiso de anuncio y de vida. Religiosos y laicos debemos ser profetas. Como parte dle la Iglesia, estamos llamados a compartir la misión. Los profetas son enviados por Dios a anunciar que su Hijo ha resucitado. La Iglesia es enviada por Jesucristo como sacramento de la salvación ofrecida por Dios. Ella, a través de sus acciones evangelizadoras, colabora como instrumento de la gracia divina que actúa incesantemente más allá de toda posible supervisión. 

La Misión Compartida nos sitúa ante la necesidad de hallar fórmulas de colaboración conjunta, en donde la desconfianza no es posible porque la visión profética de nuestra identidad cristiana nos anima a ser audaces en un mundo que precisa de inaugurar proyectos que hagan visible que somos Iglesia.

Un religioso nos decía hace unos días a un grupo de 70 laicos que queremos empezar un camino de Misión Compartida: "Al compartir con los colaboradores que sienten y viven su condición de miembros vivos de Cristo la preciosa misión de evangelizar a los enfermos y necesitados a través del carisma de la hospitalidad, urge a cada uno a renovar su compromiso de cristiano comprometido y lo anima a que lo manifieste con gozo y sencillez, ante todo en el seno de su propia familia, para ser en ella animador de un estilo de vivir la hospitalidad, la solidaridad y la caridad cristiana". Es preciso ser audaces para experimentar que somos profetas de la Esperanza y de la Misericordia.

Por esta razón no podemos tener miedo a compartir la misión y a lograr que el carisma siga estando presente en nuestro mundo desde experiencias nuevas, porque ya el Concilio Vaticano II nos invitava a ello: "Al manifestar a Cristo, la Iglesia revela con ello a los hombres l auténtica verdad de su concición y de su vocación entera, ya que Cristo es principio y modelo de esa humanidad renovada, a la que todos aspiran, llena de amor fraterno, de siceridad y de espíritu de paz".