sábado 10/4/21

Ante la celebración de la jornada de la vida

“Custodios de la vida”. Este es el lema de este año para la Jornada por la Vida que vamos a celebrar este 25 de marzo, solemnidad de la Encarnación del Hijo de Dios.

Este año, más que nunca, debemos rezar unidos para que la vida sea defendida siempre desde el momento de su inicio en la concepción, hasta su muerte natural. Y es que, en este momento, la vida se ve amenazada por diferentes frentes, y el Señor nos pide a todos nosotros, cristianos, que seamos sus custodios, como San José lo fue de Jesús.

Pero ¿qué significa “ser custodios”? Custodiar, nos dice la RAE, es mantener, con su presencia, vigilada una persona o cosa para protegerla de algún peligro. Hoy los cristianos estamos llamados a ser custodios de la vida, porque ésta corre peligro en los momentos de mayor vulnerabilidad de la persona: a su inicio y a su final.

Hace años, con la modificación de la ley del aborto en España sucedió algo terrible: un delito despenalizado en algunos supuestos pasó a convertirse en un derecho. Y el derecho a matar no existe. Es contrario a la ley natural. Quizá en este sentido haya quien quiera desviar el debate, argumentando que no hay certeza de en qué momento comienza la vida, o si a un embrión se le puede llamar “persona”.

Las evidencias científicas en este aspecto son irrebatibles: desde el momento de la concepción lo que existe es un individuo de la especie humana, con un ADN distinto al de la madre y el padre, y que, si no se le impide su desarrollo, se convertirá en bebé, niño, adolescente, joven, adulto y anciano. Y, en cuanto al término “persona”, ciertamente es un concepto filosófico, pero, con un simple silogismo, podemos afirmar que, si todo individuo de la especie humana es persona, y un embrión es un individuo de la especie humana, significa que un embrión también es persona, en un estado incipiente de desarrollo.

Por otro lado, otro de los momentos donde la persona debe ser cuidada con absoluto mimo es en la enfermedad y en la etapa final de la vida. Hace pocos días se aprobaba en España la ley de la eutanasia. Sin un mínimo debate social y sin consultar ni dialogar con los comités de bioética, ni con moralistas, ni gerontólogos… y es que la eutanasia no sólo es una cuestión –por decirlo de alguna manera- médica, sino que hay también un componente moral. Ha sido una ley hecha a la carrera, y que no ha trasladado a la ciudadanía otra cosa que la propia aprobación de esa ley.

La eutanasia sólo existe como ley en siete países del mundo (hay 194 estados soberanos), y en ellos ha generado muchísimos problemas deontológicos y de conciencia.  Esta ley viene a decirnos que hay vidas que no merecen la pena ser vividas. Igual que la ley del aborto nos dice que hay enfermedades y síndromes que es mejor eliminar desde el seno materno, con la “excusa” de “no hacer sufrir innecesariamente a la familia”. Son visiones absolutamente negativas de la vida, no entendida como un fin en sí mismo, sino como un medio para otros fines.

Además, esta aprobación legislativa tiene el agravante de que muchas personas equiparan lo “legalmente posible” con lo “moralmente aceptable”, es decir: “si lo permite la ley, significa que está bien”. Y esta premisa es absolutamente errónea. Hay leyes injustas que pueden y deben ser desobedecidas (con la finalidad de cambiar esa injusticia, si van en contra de la ley natural). Porque, como decía San Agustín “la ley injusta no es ley, sino violencia”.

Ambas leyes (aborto y eutanasia), además, son contrarias a lo que conocemos como un acto médico, ya que la medicina busca salvaguardar la vida, y nunca eliminarla. La eutanasia y el aborto en ningún caso son actos médicos, pues no cumplen los fines de curar, aliviar o prevenir nada. Sólo eliminan una vida y, con ella, la esperanza, la posibilidad de descubrir a las grandes cosas a las que Dios nos llama, a aportar a la sociedad todos los dones con los que Dios adorna a cada uno de sus hijos… a fin de cuentas es, nuevamente, creernos que somos Dios y podemos dar y quitar la vida según nuestros intereses. Frente al “Yo soy la resurrección y la vida” que proclama el Señor, la humanidad, con estas leyes, reniega de Dios para creerse poseedora de un don que recibimos como regalo, y nos apropiamos como cosa y posesión nuestra, pensando que podemos dar o quitar la vida a placer.

También habrá quien piense que los cristianos queremos el sufrimiento de la persona. Nada más lejos de la realidad. Y, por eso, la Iglesia, que es Madre y Maestra, ante el sufrimiento y el final de la vida, nos invita a ayudar y acompañar a nuestros hermanos enfermos con los cuidados paliativos (cuántas familias podrían dar grandes testimonios de esos profesionales que visitan y atienden con una sonrisa de esperanza a personas gravemente enfermas) y a no prolongar la vida más de lo debido (lo que se conoce como encarnizamiento terapéutico) por medio del testamento vital.

Por eso este año se nos llama a ser custodios, a proteger con nuestra presencia el don de la vida, haciéndonos cercanos con los vulnerables, los que más nos necesitan. No es una defensa de la vida “desde la barrera”, sino, como nos pide el Papa Francisco, saliendo a las periferias existenciales, a encontrarnos con nuestros hermanos, encontrándonos así con el Señor que “sale a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y, por el amor, demos testimonio de la espera dichosa de su reino”.

Que San José nos alcance de Dios la audacia y valentía que necesitamos para ser de verdad custodios de la vida.

 

 

 

Javier V. Sanz Lozano

Director del Secretariado de Familia y Vida

Diócesis de Tarazona

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